Analizamos la nueva propuesta de HBO, protagonizada por Zendaya y producida por Drake, que ha logrado cambiar el concepto de lo que conocemos como serie juvenil.

Con la reciente noticia de que Netflix rehusará utilizar escenas en las que los personajes de una de sus series más populares, Stranger Things, aparezcan fumando un cigarrillo, debido a que puede resultar ofensivo o incitar al consumo de tabaco de los espectadores; asimilando que esta misma plataforma haya censurado una de las escenas más crudas y conmovedoras en la historia de las series adolescentes, el suicidio de Hannah Baker, por presiones externas. Resulta paradójico que un canal televisivo tan importante como HBO renueve por una segunda temporada una serie tan explícita y conflictiva en pleno movimiento puritano de lo políticamente correcto. Hablamos de la ficción del momento: Euphoria. Una serie que no deja a ninguno de sus espectadores indiferentes. 

Con un eje argumental bien simple y machacón: la vida de unos estudiantes de instituto de una pequeña ciudad americana, Euphoria se sale de toda norma convirtiéndose en una de las series más francas y tajantes de la televisión. 

Según su creador, Sam Levinson, la serie está basada en sus propias experiencias adolescentes, aunque realmente se trata de un remake de una precursora serie israelí. Dejando de lado los parecidos, Euphoria retrata el día a día de la generación Z, una época en la que ser adolescente está marcada por una sexualidad basada en el porno explicito, relaciones forjadas a través de aplicaciones móviles y el consumo de drogas blandas. Sus problemas, basados en la falta de autoestima y la búsqueda del placer inmediato, se reflejan durante 8 episodios en los que conocemos en mayor o menor profundidad la psicología de cada personaje sumiéndonos en sus vidas familiares y en el tipo de relación que tienen con el resto del mundo. 

Despreocupados totalmente de la corrección política que tanto delimita nuestra comunicación en la actualidad, tantea temas tan inquietantes como la violación tanto encubierta como explicita, la pedofilia, la pederastia, el maltrato físico y psicológico, las relaciones tóxicas, el hedonismo y en consecuencia la falta de empatía hacia los demás, el abuso de sustancias y las adicciones. Todo ello encubierto bajo un halo de purpurina, cultura pop, humor negro y una dirección fotográfica sublime, ya que se trata de una serie que destaca esencialmente por su aspecto visual. 

Actualizando estándares.

Este ha sido el debut televisivo para muchos de sus jóvenes protagonistas. El que quizás ha llamado más la atención del público, es el estreno como actriz de la activista trans Hunter Schafer. Su personaje, Jules Vaughn, ha roto muchas barreras, que las generaciones anteriores han intentado derribar sin éxito, de una manera muy orgánica y natural. Además, destaca la participación de la cantante y actriz Zendaya Coleman, que protagoniza y narra cada capítulo a través de su personaje, Rue Bennett, una drogodependiente que trata de rehabilitarse mientras intenta descifrar sus sentimientos por la enigmática e inocente Jules, llegando a vivir su propia vida a través de las vivencias de ésta en un torpe intento por protegerla. 

Los demás personajes son el retrato de varios estereotipos adolescentes: Nate (Jacob Elordi), el quarterback, maltratado por su padre y que necesita siempre reafirmar su masculinidad a través de su explosiva novia Maddy (Alexa Demie), una joven de bajo autoestima que prefiere mantener su relación altamente tóxica antes que perder su popularidad. Seguimos con Cassie (Sydney Sweeney), la chica rubia que únicamente busca el amor en los hombres que quieren utilizarla por su físico y acaba abortando a los 16 años y su novio Mckay (Algee Smith), que abusa sexualmente de ella en varias ocasiones escudando sus prácticas en el porno que consume. Además de Fez (Angus Cloud), el vendedor de droga con buen corazón, al cargo de una familia completamente rota… Aunque también ofrecen personajes como Kat (Barbie Ferreira), la chica “grande” de la clase que encuentra en si misma la fuerza y la confianza para vestir y comportarse de la manera que desea conquistando así a Ethan (Austin Abrams), el chico sensible y virgen, que no deja llevarse por prejuicios ni el que dirán de él al no comportarse como el típico “macho”. 

Con una segunda temporada confirmada, su final nos ha dejado con muchas dudas y preguntas sin resolver. La última escena, totalmente musical, en la que Rue consume cocaína después de varias semanas sobria y comienza a deambular por su casa convulsionando, bebe de otros finales de series adolescentes que supusieron una revelación en su momento como es el caso del drama juvenil británico: Skins. Estrenada en 2007, retrata la vida de un grupo de adolescentes de Bristol cuyas vidas giran entorno a situaciones muy similares. En el final de su primera temporada Sid (Mike Bailey), acompañado de otros personajes, tienen su momento melódico con el tema Mad World de Tears For Fears. 

Y es que todo está ya inventado, lo que diferencia a esta serie es la manera en que cuenta las historias que conforman su trama, sin tapujos, la cruda realidad que viven los jóvenes de clase media acomodada y los problemas a los que están expuestos. Una serie que nos hace reflexionar sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo.

Words Adriana Barreno.

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