ENTER THE SIMULATION, EL PANORAMA DE LA MODA ACTUAL COMO ENGAÑO

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Analizamos cómo la moda contemporánea se ha convertido en una simulación, donde la viralidad y el espectáculo eclipsan la calidad, la artesanía y la autenticidad.

A estas alturas, todas tenemos bien claro que las imágenes son la nueva moneda de cambio y que las apariencias dictan la narrativa. La moda, que alguna vez fue territorio de creatividad genuina y savoir-faire, se mueve ahora en un tablero donde lo que importa no es tanto lo que se crea, sino cómo se percibe. En lugar de hablar desde la autenticidad, les un tipo de simulación la que se erige como la verdadera protagonista.

Lo que antaño fue una herramienta de autoexpresión y construcción de la propia identidad se ha convertido en una carrera —acelerada y agotadora— por destacar, por estar en la conversación, por dominar el espacio visual, ya sea en una pasarela o en el feed de Instagram. Así se revela una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: la moda quiere hablar de verdad, pero a menudo se queda en la superficie. Es decir, clama autenticidad, pero sin dejar de perpetuar el artificio. Una paradoja sofisticada que actúa como espejo del “yo”, donde proyectamos no tanto lo que somos, sino lo que deseamos mostrar online para lograr encajar en el marco perfecto de lo aspiracional.

En la actualidad, el prestigio de una prenda o una marca rara vez depende de su calidad intrínseca o de una propuesta creativa auténtica. En cambio, se sostiene sobre un relato, muy bien orquestado, que convierte su marketing en un ser mitológico. Y es que no dejamos de hablar sobre un panorama saturado por la inmediatez del fast fashion. La estética del lujo convive con la producción en masa, y la evocación de los grandes nombres del pasado se recicla como anzuelo emocional en un mercado cada vez más y más ansioso por consumir (lo que sea).

De esta manera, la exclusividad se convierte en un espejismo: una construcción ilusoria que tergiversa totalmente la verdadera esencia del lujo, la excelencia en la confección, la historia que respalda a cada pieza, y el saber hacer que trasciende tendencias y temporadas…

Lo que alguna vez fue un privilegio reservado a unos pocos, hoy circula libremente en el scroll infinito de cualquier red social. No es necesariamente algo negativo —la democratización tiene su encanto—, pero sí revela una transformación estructural. Las marcas han mutado en símbolos aspiracionales que operan más como religiones de la imagen que como casas de diseño. El deseo ya no está anclado en la calidad ni en la procedencia, sino en el relato visual que rodea a una prenda. Y en ese juego de apariencias, la sustancia, lo que realmente importa, queda relegada a un segundo plano.

La moda como una performance social

Esta obsesión por destacar está íntimamente ligada a la era digital. Nadamos en un contexto donde cada post se convierte en un acto performativo y cada outfit en una estrategia para generar reacciones. Todo se traduce en un deseo de validación global, inmediato y constante.

En este universo, las personas ya no visten solo para expresar su identidad; visten para ser vistas, para dejar una huella, para sobresalir entre la multitud. Las influencers, las celebridades y los “fashionistas” encarnan un éxito superficial que refleja una sociedad obsesionada con el reconocimiento instantáneo y cada vez menos con el contenido.

En este marco, la moda deja de ser una expresión artística en sí misma para convertirse en una herramienta de construcción identitaria, orientada más a encajar en las expectativas sociales que a cuestionarlas o redefinirlas.

La calidad olvidada

El savoir-faire, la destreza que distingue a un verdadero artesano del resto, ha perdido la batalla frente al consumo masivo. Las técnicas tradicionales de diseño y confección, que alguna vez fueron el núcleo de la alta costura, se han diluido en un sistema donde lo que importa es la rapidez con la que una tendencia puede ser replicada y distribuida.

Las prendas que se ven en las vitrinas de lujo no siempre son las mejores en términos materiales o de durabilidad; lo que las hace valiosas es su capacidad para ser percibidas como deseables. Por eso, la diferencia entre el fast fashion y la moda de las altas esferas parece verse cada vez más desdibujada.

La moda como espejo de una sociedad en crisis

Y es que en los últimos años, la moda ha dado un giro de 180 grados, transformando profundamente la manera en que los diseñadores conciben y canalizan su creatividad. Lo que antes era un proceso pausado, meticuloso y estrechamente vinculado con la tradición del oficio, ha sido desplazado por una lógica de inmediatez, donde la viralidad se ha convertido en el nuevo estándar de valor. Hoy, la consigna ya no es diseñar ropa, sino generar memes; no de montar desfiles, sino escenificar espectáculos pensados para romper internet. La moda, en muchos sentidos, ha dejado de ser una expresión tangible para convertirse en una coreografía visual pensada para las redes, donde el instante fugaz vale más que la permanencia.

El ruido mediático reemplaza al contenido, y el impacto instantáneo se impone sobre el legado. Todas sabemos que esta fórmula rara vez es sostenible: la moda, por naturaleza, es efímera, y lo que hoy se celebra con euforia puede desaparecer en cuestión de días. Pero, durante un tiempo, aunque sea mínimo, la estrategia funciona. Funciona porque responde a una transformación cultural más profunda, donde la gratificación instantánea y la visibilidad constante se han convertido en los verdaderos motores del éxito.

La moda sigue siendo una poderosa forma de expresión, aunque muchas veces se convierte en un conflicto entre lo que somos y lo que deseamos proyectar.

Y es que esta obsesión por la imagen y el estatus, no es más que un reflejo fidedigno de la sociedad en la que vivimos. Sin embargo, dentro de esta tendencia casi apocalíptica, persiste la lucha por encontrar el sentido y recuperar lo real.

Solo el tiempo dirá si la moda logrará reconectar con sus raíces o si seguirá flotando como un meme más en el océano infinito de internet: creada para ser consumida, compartida y, con la misma rapidez, olvidada.

Words Adriana Barreno